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¡Socorro; vivo con un adolescente!!

Por Jóse Soldevila (Psicologo)

Toda relación tiene su encanto y dependiendo de la edad su quebranto. ¿Qué puedo hacer si vivo con un hijo/a adolescente? ¿Qué puedo esperar de un hijo/a adolescente? ¿Cómo nos debemos de comunicar con ellos/as? ¿Qué actitudes y comportamientos debo aplaudir y cuáles corregir?

La convivencia no es fácil. Basta con salir a la calle o incluso ver cómo nos llegamos a tratar como vecinos. Lo cierto es que tenemos que convivir los unos con los otros pues vivimos en sociedad. Otra cosa es cómo y con quién elijamos vivir o estemos obligados a hacerlo.

¿Qué significa vivir en familia? Vivir en familia se considera un derecho pero también una necesidad. Vivir en familia es aprender a escucharse y también aprender a hablarse. Significa también aprender a respetarse y acompañarse los unos a los otros mientras nos cuidamos mutuamente para crecer y evolucionar como familia, resolviendo cualquier conflicto sin hacernos daño los unos a los otros. ¿Qué bonito, cierto?

Esto es la teoría. Ahora te vamos a contar la verdad. Debiéramos aspirar a ello, pero no siempre este concepto ideal de familia lo podemos encontrar en todos los hogares. Por desgracia o por fortuna, es en el seno de las familias donde se forjan los valores y las experiencias que después nos acompañaran en nuestras vidas, relaciones y trabajos futuros.

Para empezar partimos de dos premisas. La primera es que los padres ayudan de manera continua e incondicional a sus hijos/as. Para que esto no suceda deben de ocurrir cosas verdaderamente inquietantes. La segunda premisa es que los hijos/as siempre estarán en las vidas de los padres, pero los padres no siempre estarán en la de sus hijos/as. Esto es especialmente peculiar en la edad adolescente. Nosotros como padres siempre queremos saber de ellos y ellos intentan que sepamos lo menos posible.

Ayudaría mucho conocer la psicología adolescente desde un punto de vista evolutivo. De ese modo podremos entender muchas cosas y ver sus comportamientos y pensamientos a través de otro prisma para comprender por qué hacen lo que hacen y para qué lo hacen.

Todo adolescente, en mayor o menor medida es egocéntrico. El centro de atención es su mundo. De ahí que su empatía centrada únicamente en sus gustos y disgustos. De ahí que en ocasiones, tengamos la sensación de que está ausente, pasota o indiferente. Lo que está es presente en su presente.

El adolescente siente que puede con todo. No se pone límites y cree que nada le puede pasar y todo lo sabe. De ahí su atrevimiento y el hecho de asumir ciertos riesgos que podrían ser peligrosos, pues no los detecta como tales.

El adolescente es rebelde y puede perder su humildad. Es inconformista por naturaleza. Esto no es del todo malo si se sabe canalizar, pues la humanidad ha evolucionado gracias a los soñadores inconformistas, que mirando con ojos nuevos descubre nuevas realidades.

Los cambios de humor en la adolescencia están vinculados a sus hormonas. Son seres humanos que no solo están intentando entender su cuerpo, sino también su identidad, siendo víctimas de unas hormonas en expansión y explosión que les llevan a actuar de manera incomprensible para los adultos.

Con este panorama la convivencia puede ser una aventura donde podemos pasar de estar bien a entrar en colapso en cuestión de minutos, sin entrar a valorar el estilo de liderazgo parental.

¿Entonces, qué es lo mejor que podemos hacer para tener una convivencia pacífica, respetuosa y saludable? Intentaremos inspirarte con las siguientes propuestas. Tómalo como una serie de recomendaciones que deberás de adaptar a tu modo familia.

Llega a acuerdos. Antes de ordenar busca dialogar detectando necesidades. Hacer equipo es agradable y muy recomendable. Todo conflicto es una oportunidad para nuevos ajustes y aprendizajes.

Evita comunicarte a través de interrogatorios. Si sólo solicitas información no es una comunicación. Evita juzgar con demasiado, dar demasiados consejos y busca momentos para escuchar y compartir.

Brinda refuerzos y elogios basados en valores y no sólo en acciones. Evita usar la palabra castigar. Instala la política de causa y efectos, acciones y consecuencias. Educa bajo la responsabilidad, confianza y ejemplaridad.

Informa y pacta antes de poner límites. Pretender que un adolescente haga algo sólo porque tú eres su padre/madre no funciona.

Evita la sobreprotección. Tus miedos no deben ser heredados. Ofrece recursos y deja que descubran por sí mismos/as sus lecciones.

No pierdas el tiempo en ganar todas las batallas con ellos/as. Prioriza como padre/madre tu educación junto con tus prioridades. Recuerda que no siempre tus hijos/as adolescentes van a hacer las cosas ni como tú las harías ni en el mismo instante que tú lo hubieras deseado.

A modo de resumen, podríamos concluir que es mejor que tú hijo/a adolescente tenga bien ordenada la cabeza que tenga bien ordenada la habitación.

En el próximo artículo conversaremos contigo sobre cómo evitar y tratar con conductas y comportamientos que fomenten agresiones, físicas, verbales y/o psicológicas tanto dentro como fuera de la familia.

Mientras tanto… cuídate para cuidar y cuida para cuidarte.

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