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Sánchez, el flautista de Hamelín: utiliza a los niños para salvarse de la quema

Hubo un día en que el la familia Franco lanzó un importante mensaje a los españoles desde el Palacio del Pardo. El padre estaba de pie, con ese aspecto temible y rotundo que le otorgaba el uniforme militar en su interminable y estilizada figura. Doña Carmen, sentada en una silla; y Carmencita, esa muchacha de tez angelical, con sus posaderas puestas sobre las piernas de su madre. Franco pidió a la cría que lanzara un mensaje a los niños y, espontánea, cómo no, expresó: «Pido a Dios que todos los niños del mundo no conozcan los sufrimientos y las tristezas que tienen los niños que aún están en poder de los enemigos de mi patria, a los que yo envío un beso fraternal. Viva España«.

Que nadie dude de que Carmencita, vestida de blanco virginal, de niña de comunión, dijo esas palabras con espontaneidad, al igual que ese muchacho que le escribió una carta hace unos días al presidente del Gobierno para preguntar si el Ratoncito Pérez podría visitar su casa pese al confinamiento. El importante documento ha salido a la luz durante la comparecencia que han protagonizado este sábado Fernando Simón y Pedro Duque en la sala de prensa de Moncloa, que pretendía instruir a los críos sobre los riesgos del coronavirus y que ha dejado momentos impagables. Como el de esa “tierna” misiva -como titulaba El Pais– al roedor madrileño. O el de Pedro Duque haciéndose un lío mientras trataba de enseñar a los muchachos a ponerse una mascarilla, de modo que cualquiera que hubiera utilizado ese método podría haberse contagiado del virus cinco o seis veces.

Transcurren los días entre cuatro paredes, soporíferos y llanos, y la propaganda gubernamental se acrecienta ante la complacencia de unos medios de comunicación inanes, que pasan de largo sobre los errores de gestión de esta crisis y los bulos de Moncloa mientras degluten con sumo placer anzuelos como el de la citada carta al Ratón Pérez. Sobra decir que todos los informativos de las principales cadenas se hacían eco de su contenido este mediodía. En un día en el que se ha sobrepasado la barrera de los 20.000 muertos por la Covid-19. Parece una broma pesada que se recurra a estos patéticos señuelos sentimentaloides con la que está cayendo, pero como la prensa afín -que es mayoría- ha renunciado a la crítica, pues todo vale.

El discurso de cada sábado

El presidente ha afirmado en su discurso de este sábado que se han realizado 1 millón de test fiables en España que no aparecen en los datos que distribuye diariamente el Ministerio de Sanidad, que, por cierto, tampoco incluyen información sobre los fallecidos en residencias de ancianos, esos centros reconvertidos en ‘campos de exterminio’ en los que han caído los ancianos como moscas. Pero nadie le pide cuentas. ¿Dónde se han realizado esas PCR? ¿Cuándo? ¿A quién?.

Tampoco se le pregunta sobre ese test epidemiológico que pretende medir la situación de la pandemia en España a través de 60.000 pruebas, que se anunció con campanillas y del que no se han vuelto a tener noticias. Los periodistas parecen tener poca conciencia de lo importante y comen los cebos políticos que lanzan los propagandistas de ‘palacio’, reproducen los cruces de declaraciones y, claro, la carta al Ratoncito Pérez.

Más allá de estas consideraciones, que dejan al descubierto el penoso nivel del periodismo patrio, lo cierto es que la homilía sabatina del presidente del Gobierno ha servido para tres cosas, principalmente: por un lado, para trasladar a los padres, hartos de aguantar a sus críos en casa, que les podrán sacar a la calle a partir de la próxima semana, en otra medida que servirá para evitar que los ciudadanos reflexionen sobre la mayor evidencia, y es que la pandemia no está controlada.

El discurso también ha sido utilizado para cargar la responsabilidad de la ‘reconstrucción de España‘ en la Unión Europea, a quien se conmina a pagar ‘la obra’; y de la oposición, a la que el Gobierno trata desde hace un par de semanas de poner entre la espada y la pared con su propuesta de Pactos de la Moncloa. Que no surgen de la voluntad de consenso, sino de la necesidad de repartir responsabilidades ante los evidentes fallos de gestión de esta crisis y ante la durísima depresión que afrontará el país, que podría durar varios años.

Desescalada sin datos fiables

El tercer gran anuncio que ha realizado Sánchez ha sido el relativo a la posibilidad de que la ‘desescalada‘ del estado de alarma se realice de forma asimétrica entre los diferentes territorios. No ha especificado si se refería a comunidades autónomas, ciudades, poblaciones o barrios, aunque ha sugerido que se actuará en función de lo que digan los científicos -frase que repite una y otra vez como queriendo echarles el muerto en caso de error- y de la situación de cada lugar concreto.

La gran pregunta es la relativa a la información que se utilizará para tomar estas decisiones, pues los datos que ofrece el Gobierno son incompletos y existe una penosa opacidad con respecto a los lugares donde se ha efectuado ese millón de pruebas, así como sobre sus resultados. Por otro lado, parece que el uso de mascarillas es importante para evitar el contagio en las relaciones humanas, pero, aunque Salvador Illa ha anunciado el reparto de tropecientos millones de ellas, en muchas farmacias y centros de trabajo todavía no están disponibles.

La sensación que vuelve a asaltar tras escuchar el discurso del presidente es que todo lo que dice es burda propaganda que está más destinada a convencer a los españoles de que se queden en sus casas que a ofrecer datos rigurosos sobre la pandemia. Entre otras cosas, porque no los hay, lo que obliga a recurrir al agitprop y a improvisar de forma chapucera. Cada sábado se anuncian medidas que, en el mejor de los casos, se implantan de forma incompleta; y se alargan los plazos por el riesgo a que se produzca una nueva oleada de contagios, pero nunca con un criterio científico sostenido a partir de números. Pues los que hay son poco representativos.

Se podría debatir si el Ejecutivo actuó demasiado tarde al declarar el estado de alarma o si fue negligente, por ejemplo, al declarar el estado de alarma con 24 horas de antelación a su aplicación. Pero lo que resulta indiscutible es que la gestión que ha realizado durante las últimas semanas ha sido lamentable, pues ni siquiera ha sido capaz de obtener una aproximación fiable sobre el estado de la pandemia en España; ni de ofrecer información completa a los españoles.

La oposición debería dejar de lado la casposa contienda política y comenzar a ahondar en estos fallos y exigir responsabilidades por los mismos. Pero claro, con cerebros privilegiados al frente, como el de Teodoro García Egea, que parece que no pueden ir más allá del titular faltón y la frase de sobremesa de taberna de pueblo, poco más se puede pedir.

Qué país.

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