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Nacional: El mejor discurso de los Premios GOYA 2019 Jesús Vidal

EL MEJOR DISCURSO DE LOS PREMIOS GOYA 2019

El sábado 2 de febrero, a las diez de la noche, me senté frente al televisor, como otros años, dispuesto a observar los numerosos discursos de agradecimiento de los premiados en los Goya, para anotar y comentar lo bien y lo mal que lo hacía cada uno. 

Publicado por: Paco Grau

Fui tomando notas. Una, la primera, Carolina Yuste, mejor actriz de reparto, se olvida de algo al hablar, pero no se bloquea y sigue hablando. Bien. Eso es lo que hay que hacer. Otro, mejor dirección de fotografía, Yosu Insáustegui me sorprende porque su discurso es breve y correcto. Bien. A otro, Alberto del Campo, mejor montaje, le  tiembla la voz por la emoción, pero es breve y no está mal, aunque ya me empieza a llamar la atención que la mayoría dicen “Quiero agradecérselo a…”, “Quiero compartir este premio con…”, “Quiero dar las gracias a…”, con lo bonito y natural que es decir: “Gracias a…”, “Agradezco a… por…”, “Comparto este premio con…”. Es más natural y directo. Siempre le digo a mis alumnos: “Si quieres agradecer, agradece; si quieres resaltar, resalta; si quieres destacar, destaca”. Y, desde luego, no digas jamás aquello tan típico y extendido de: “En primer lugar, agradecer…”, o bien “Antes que nada, destacar….”; porque utilizar el verbo en infinitivo no indica quién hace la acción ni cuándo la hace, por lo que es gramaticalmente incorrecto y, como diría Lázaro Carreter, “estilísticamente reprobable”.

La mejor actriz revelación, Eva Llorach, por fin lo dijo bien: “Gracias…, muchísimas gracias…”. Muy bien, aunque luego dijo “Se lo quiero dedicar a…”, y lo estropeó, provocando que yo le dijera desde mi sillón favorito: “Pues si se lo quieres dedicar, ¡dedícaselo, caramba!” O sea, que habría quedado mejor si hubiera dicho: “Se lo dedico a…”. Por cierto, Eva Llorach fue la primera que se alargó demasiado, aunque habló con mucha emoción, y eso siempre nos llega a los que escuchamos.

Álvaro Brechner, premio al mejor guión adaptado, volvió con lo de “Quiero aprovechar esta oportunidad para…”. ¡Pues aprovéchala!”. Y luego también; “Quiero agradecer….”. Aunque estuvo bien y se ajustó al minuto de tiempo que tenían asignado. Estaba notando esa mejora sobre años anteriores.

El premio al mejor guión original fue para Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen y, claro, hablaron los dos. A Isabel Peña le anoté varios “eeehmm” y un “queremos agradecer”. Y a los dos les anoté en mi cuaderno un defecto que suelo escuchar a menudo en declaraciones y en entrevistas: “…por…, por apostar…”, “…en…, en estas ocasiones…”, …”como…, como pensar que…”. Es decir, que en vez de hacer la pausa al final de la frase, la hacen justo después de una preposición, de un artículo, de una conjunción o de un adverbio, interrumpiendo la fluidez de la frase y demostrando falta de concentración y de claridad de ideas para expresar con naturalidad lo que quieren decir, sin interrupciones ni repeticiones que no aportan nada al discurso, sino que lo ensucian.

Llegó el Goya de Honor al gran Narciso Ibáñez Serrador, con palabras de cariño y admiración hacia él por parte de Belén Rueda, correcta y emotiva, seguida de un larguísimo aplauso que podría haber batido un récord si la dirección del evento no hubiera decidido interrumpirlo haciendo sonar la música, que venía a ser un mensaje de “Dejadlo ya” y que, por cierto, se utilizó en contadas ocasiones.

LLEGÓ EL MEJOR DISCURSO DE LA NOCHE

Y, tras este homenaje, llegó el momento en el que todos nos quedamos encogidos por la emoción y en el que la inmensa mayoría de las señoras tuvieron problemas con el rímel y a muchos señores se les empañaron también los ojos. Fue ¡el discurso emotivo de verdad!: el discurso de Jesús Vidal, discapacitado, con sólo un diez por ciento de visión, que recibió el premio al mejor actor revelación por su participación en la película “Campeones”. El mejor discurso de la noche lo pronunció un discapacitado. Y eso, claro, requería un análisis más detallado por mi parte.

De entrada, el discurso de Jesús Vidal, repito: “discapacitado” (las comillas son muy intencionadas) fue el mejor estructurado, aunque se pasó con el tiempo, casi cuatro minutos y medio en vez del uno que se les pide que respeten; pero, por supuesto, todos se lo perdonamos y la dirección del acto no le puso la musiquita para cortarle, que en este caso habría sido una impertinencia. Bien por la dirección por consentirle a Jesús que se explayara. Porque el discurso de Jesús Vidal fue el impacto de la noche y ha causado sensación en toda España.

Agarrado a su premio (el “cabezón” de Goya) y al micrófono de pie, bien puesto frente a él, sin atril, como hablaban todos, empezó con una frase rotunda, con una advertencia a la Academia de Cine, que contenía un sutil sentido del humor y una evidente naturalidad: “Señores de la Academia –dijo-: ustedes han dado el premio al mejor actor revelación a un discapacitado. ¡Ustedes no saben lo que han hecho!”, lo que provocó aplausos y risas de simpatía entre el público. Buen comienzo. Y, poco después, resumía con tres palabras el núcleo de su mensaje: “Inclusión, diversidad y visibilidad”. Y, de nuevo, claro, aplausos de adhesión.

Jesús Vidal dijo que para él había sido un reto hacer ese papel en “Campeones”. Dio las gracias a sus compañeros, al director de “Campeones”, Javier Fesser y a todo el equipo. Jesús Vidal habló con naturalidad, de forma ordenada y coherente, con fluidez, marcando bien las pausas, sin muletillas ni latiguillos, afirmando bien cada idea que expresaba y sin titubeos; aunque, eso sí, le faltaba modular un poco su voz, pero eso habría sido ya para nota en una persona con sus condiciones físicas. Y, precisamente, ese tono tan natural y un punto infantil en un cuerpo de adulto es el que impregnaba sus palabras de sencillez y ternura.

Alguien puede decir que a Jesús Vidal no le impresionaba tener delante a todo aquel enorme auditorio lleno de gente porque, literalmente, no les veía. Pero él sabía que estaban allí y, sin embargo, no dejó que la inseguridad se apoderara de su mente, sino que se lanzó a hablar con desparpajo y la naturalidad que probablemente le proporciona su “discapacidad”. ¡Cuánto tienen que aprender de él la inmensa mayoría de los españoles!, que se sienten atenazados al hablar en público delante de tanta gente y no son dueños de sus mentes ni, por tanto, de lo que quieren decir ni de cómo lo tienen que decir.

EL CÚLMEN DE LA EMOTIVIDAD

Pero el discurso de Jesús Vidal tuvo un crescendo emotivo que alcanzó su zénit cuando dio las gracias a su hermana Mari Jose “por ser la mejor hermana del mundo y por querer y cuidar tanto a nuestros padres”. Y, claro, la tele nos mostraba a Mari Jose llorando como una Magdalena entre los aplausos de los presentes. Y siguió reforzando el zénit del tono emotivo cuando se dirigió a sus padres: “Mami: gracias por darme la vida. Gracias por dármelo todo. Porque hiciste nacer en mí el amor a las artes”.

Y todavía más emoción, más, al dirigirse a su padre y darle las gracias “por haber vivido; porque eras la persona con más ternura del planeta y porque, sin pretenderlo, con una sonrisa cambiabas y cambias el mundo”. Y el final fue perfecto, rotundo, apoteósico, digno de un final de  “mascletà” fallera, con una frase dirigida a sus padres que a muchas señoras les hacía sacar pañuelos para enjugar las lágrimas de la emoción y a todos nos puso esa agüilla en los ojos y el corazón unido a su mensaje filial: “Queridos padres: a mí sí me gustaría tener un hijo como yo, por poder tener unos padres como vosotros. ¡Muchísimas gracias!”. Y, claro, aplausos, silbidos de admiración, el público puesto en pie en señal de adhesión y respeto y más de medio minuto de aplausos entre sonrisas y ojos húmedos de ternura y cariño.

Como yo me estaba dedicando a analizar los discursos y las formas de comunicar de cada premiado, para mí, sin ninguna duda, Jesús Vidal fue el rotundo triunfador de la Noche de los Goya. Su discurso, desde luego, fue el mejor, con mucha ventaja sobre los demás, a pesar de esos cuatro minutos y medio de duración, que no sólo se le perdonaban sino que casi, casi, se le agradecieron porque fue una delicia escucharle. Sus palabras fueron un brote espontáneo de ternura, de calidez, de sencillez, de coherencia, de unidad en su mensaje, de naturalidad en su expresión y, por supuesto, de explosión emocional.

FESSER HABLÓ MEJOR QUE SARAGOYEN

Del resto de la gala, desde la perspectiva del análisis de los discursos, que era lo que yo estaba haciendo, ya nada mereció una atención especial. Un ligero temblor de voz en los premiados por el mejor sonido, Roberto Fernández y Alfonso Raposo, con un buen mensaje de conciliación familiar del primero, más “Agradecer a…”, “Eeehh..” y “Me gustaría compartirlo con…” del segundo y los dos ajustados al tiempo. Como ya he dicho, fue algo que me llamó la atención con respecto a otros años. En esta ocasión, los premiados se  pusieron las pilas y, en general, pronunciaron discursos breves, dentro de los límites del minuto asignado a cada uno, salvo los comentados Jesús Vidal y Eva Llorach y Amaya Ramírez, premio a la película de animación, a la que “empujaron” con la música para que no se alargara.

Clara Bilbao, premio al mejor diseño de vestuario por “La sombra de la ley”, se disculpó por su voz: “Si ven que hablo raro, es que estoy histérica y tengo tanta sed que se me pega la lengua al paladar”. Por eso, siempre aconsejo a mis alumnos que beban agua antes de empezar a hablar. Es un buen consejo que, de paso que hidrata la boca, ayuda a conseguir tranquilizar la mente.

Entre mis anotaciones, más “Quiero dedicárselo a…”, “Quiero compartirlo con…”, algunas voces entrecortadas por la emoción del premio, algunos con papeles desdoblados y arrugados  para no olvidarse de lo que querían decir, lo que queda poco elegante y es una muestra de inseguridad.

Y, al final, el director de Campeones, Javier Fesser, que recibió el premio a la mejor película, hizo mejor discurso que Rodrigo Saragoyen, que obtuvo el de mejor director. Saragoyen se mostró nervioso, precipitado y con una “tonadilla” (finales de frases hacia arriba) que le quitaba rotundidad a sus afirmaciones.

Fesser empezó con un correcto: “Muchísimas gracias compañeras y compañeros académicos” y, muy serio, dejó un pequeño sarcasmo al aludir a lo complicado que era abrir los sobres con las tarjetas de los premios: “Muchísimas a gracias a Super Glu 3 por patrocinar los sobres de la entrega” (aplausos y risas). Y, aunque deslizó un poco de “tonadilla” en algunas frases, desarrolló bien la idea de cómo evolucionó en el equipo de la película la denominación al grupo de actores discapacitados: empezaron llamándoles “discapacitados intelectuales”, para pasar a los pocos meses de trabajo a denominarles “personas con discapacidad intelectual” y, hacia el final de la película hablaban de “personas con capacidades diferentes”. Y terminó diciendo: “Y hoy tengo la felicidad de notar que se ha acuñado un nuevo término mucho más preciso que es el de “Campeones”. Son personas capaces de defender y luchar por aquello que aman y por todo aquello en lo que creen. ¡Gracias, campeones, por incluirnos en vuestro mundo!, que sale del corazón y no tanto de la cabeza”. Bonito final, rotundo y emotivo, que provocó los aplausos del público y que dio paso a los presentadores, que se encargaron de cerrar la gala.

Y, por último, un consejo para los organizadores de los Premios Goya: en las próximas ediciones procuren que los sobres puedan abrirse con más facilidad. Se convirtieron casi en los protagonistas de la noche.

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