HomeActualidadLa izquierda española, en el diván de los objetos perdidos de la ‘nueva política’

La izquierda española, en el diván de los objetos perdidos de la ‘nueva política’

La podemización del PSOE, el sometimiento a los nacionalismos, el populismo demagógico y la estructura lideropatriarcal de Podemos, la falta de resortes intelectuales, de ideales claros, de balance social y laboral y de líneas rojas permanentes en una izquierda española en crisis deja a cerca de cinco millones de votantes progresistas sin papeleta ilusionante para estas urnas.

Por Álvaro Sánchez León

Pasarán las elecciones generales, municipales y europeas, y el problema seguirá sobre la mesa, aunque no tenga hashtag. La izquierda española pierde prestigio, se abraza a los nacionalismos que rompen la igualdad, elige a líderes mediocres y la gran clase media de sus votantes está decepcionada, perpleja y harta. Así lo ven, con sus matices, Rosa Diez, Gaspar Llamazares, Juan Fernando López Aguilar, María Elvira Roca Barea y Andrés Herzog. Voces de izquierda. De cuando la izquierda pensaba en voz alta y libre y no era una trinchera superficial con miedo al ostracismo.

Entre el puño y la rosa y los corazones-fresa en el logo del PSOEestá la letra pequeña convertida en imagen. En ese cambio de rostro electoral -de los ideales al emotivismo- está escrito medio diagnóstico. Igual que en el feminismo oportunista de Unidas Podemos. Y en lo de esa Izquierda Unida en la que no quedan indios. Porque, de alguna manera, hemos vuelto al nominalismo en esta nueva política de lifting en cartel, campañas tuiteras, sensaciones, nombres propios e ideas que hoy están arriba, y mañana estarán donde las pongan las circunstancias sin cogollo.

Bildu de nuevo en el tablero. Debates serios convertidos en canción dulce de eutanasia en las redes sociales. Manuales de resistencia a cualquier precio. Listas electorales convertidas en ajustes de cuentas de la vieja. Una baja de paternidad travestida en hito, lejos de la calle. Muy lejos. Cambiar los pañales como referente del nuevo contrato social. Portavozas y Cuerpas como expresiones de la demagogia discursiva de una izquierda que fue poesía, prosa, parlamentarismo y acción. Casas grandes para los líderes de los que votan en estudios de alquiler. El Open Arms ahí parado, sin salvar las vidas que antes defendía la izquierda sin rubor, sin aritmética, sin esperar a que el Papa les pusiera en un brete de coherencia en prime time. Y el portazo de Soraya Rodríguez y su marcha como independiente a Ciudadanos, que suena fuerte con posible eco imitador de fondo entre muchos socialistas que tuvieron cargo y se sienten avergonzados con su partido.

La crisis de la socialdemocracia es aguda en toda Europa y quizá no somos conscientes de que está en juego uno de los pilares del Estado del bienestar. Lo decía José Luis Pardo, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid en Estudio del malestar, Premio Anagrama de Ensayo 2016. Entre otras muchas cosas. Y la crisis de la izquierda, más que una cosa de los partidos y sus votantes fieles, es un golpe a nuestro sistema político que nos afecta a todos. A todos.

Gaspar Llamazares ha sido coordinador general de Izquierda Unida entre 2000 y 2008. Diputado nacional durante quince años. Diputado regional en el Parlamento de Asturias hasta el enero pasado. Sus pugnas ideológicas con el líder de lo que queda de Izquierda Unida –Alberto Garzón– son evidentes, públicas y notorias. Por eso, y por una cuestión de salud pública, que es su especialidad, Llamazares ha dejado ese barco colonizado por Podemos y ha abierto las puertas de Actúa, otra forma de hacer política. Otra forma de intentar “contribuir humildemente a la regeneración de la izquierda española”.

Estamos sentados al borde de la Estación de Atocha haciendo una anamnesis exprés antes de que nuestros trenes despeguen en sentido contrario.

Llamazares ha desnudado al paciente y ha palpado que “en estos momentos la izquierda está decepcionada y perpleja. No se ve un proyecto claro que aúne por una parte la utopía, que es esperanza, y la utilidad de las medidas concretas y pragmáticas. Eso está llevando a una desmovilización y a un elevado volumen de abstención. En la izquierda seguimos anclados en una situación, herencia de viejos tiempos, en la que el PSOE añora la casa común -no hay más que ver esta campaña electoral-, y Unidas Podemos cierra sus filas y busca enemigos dentro”.

En estos momentos la izquierda está decepcionada y perpleja. No se ve un proyecto claro que aúne

Con ese mapa empieza este trayecto que, con otras palabras, definía el politólogo Roger Senserrich en Vox Pópuli en un artículo titulado La gran depresión de la izquierda española, actualizado hace un año: “Socialistas y Podemos han dedicado todas sus energías a proteger ideas antiguas y competir por una marca cada vez más deteriorada, olvidándose que los votantes quieren que alguien les solucione los problemas, no alguien que les dé buenos discursos”.

Sin prestigio y sin pilares

Hubo un tiempo en que esa Izquierda con raíces en la historia quiso ser Unión, Progreso y Democracia, pero los votantes miraron para otro lado. Rosa Díez estuvo al frente, y sigue ahí liderando en la opinión pública esa corriente fluida, coherente, excesivamente beligerante, quizá, o suficientemente comprometida.

Rosa Díez. Mujer de rojo sobre fondo fucsia. Fue militante del PSOE desde 1991 hasta 2007. Un año después de que Carlos Martínez GorriaránArcadi EspadaAlbert Boadella y Fernando Savater pusieran los pilares de UPyD, se sumó al equipo escandalizada por el mamoneo político entre socialistas y nacionalistas.  Su hilo conductor es la socialdemocracia liberal. Seguramente, desde su salida del PSOE ha habido despeches y zancadillas, y lo político y lo personal se mezclen aquí o allá con dificultades para separar las lindes. En cualquier caso, le pregunto:

 -¿El PSOE pierde prestigio y argumentos?

Me responde: “El PSOE hace mucho que ha perdido el prestigio como partido vertebrador de España, justo desde que decidió, con Zapatero, que había que liquidar lo que supuso la Transición. Ahora, con Sánchez se ha cumplido la máxima: todo lo que puede empeorar, empeora. Un partido que, desde el Gobierno, ha sustituido los argumentos por la propaganda y la democracia por la demoscopia, ha llegado a un nivel de degeneración difícilmente superable. Pero si les damos la oportunidad, se superarán a sí mismos, no lo dude”.

Un partido que, desde el Gobierno, ha sustituido los argumentos por la propaganda y la democracia por la demoscopia, ha llegado a un nivel de degeneración difícilmente superable

Andrés Herzog es abogado y la cara visible del ariete democrático contra la corrupción: dirigió la acción judicial de UPyD en casos como la salida a Bolsa de Bankia, las Preferentes, o los presuntos casos de corrupción de la familia Pujol. No hace mucho, en 2015, fue el candidato de la fuerza rosa a la Presidencia del Gobierno. Un tipo tranquilo, con convicciones, amable y rotundo: un judoca.

Herzog duda que la izquierda y la derecha sean parámetros vivos, pero ve que “los partidos que se autodenominan de izquierda, aunque sus políticas sean más de lo mismo, están bastante desnortados. Su gran problema es que están expulsando a mucha gente de sus ideas y de sus proyectos”. Entre las causas de esta “desafección creciente” en la izquierda española, mirando sobre todo al PSOE, Herzog destaca que “perdió el norte cuando se abrazaron al nacionalismo, cuando el nacionalismo es lo más opuesto al progresismo. En teoría, una de las principales aspiraciones de la izquierda es la igualdad, y el nacionalismo es la antítesis: es el supremacismo que todos queremos olvidar”.

En teoría, una de las principales aspiraciones de la izquierda es la igualdad, y el nacionalismo es la antítesis: es el supremacismo que todos queremos olvidar”

Sobre la irrupción de Podemos en el mapa político, Herzog considera que “más allá de demagogia y política de trincheras, no ha aportado nada serio a la izquierda”. Le reconoce un cierto protagonismo en la descongelación del bipartidismo “con un PSOE y un PP muy acomodados en la alternancia”, y poco más. Ve el partido de Pablo Iglesias como una fuerza joven “que ya parece vieja” que “ha contribuido a frivolizar más la política, simplificando los problemas complicados con soluciones simples, y fomentando el enfrentamiento entre bandos”.Roca

Las “locuras secesionistas” y la izquierda negra

María Elvira Roca Barea desbancó en las librerías con su ensayo Imperiofobia y leyenda negra. Una profesora de instituto reflexiva y pedagógica. Hablamos justo después de que Susana Díaz pasara a la oposición en el Parlamento Andaluz tras las elecciones de diciembre. La escritora estaba convencida de que Díaz había perdido aquellos comicios revolucionarios “porque pagó la factura de los errores de Pedro Sánchez”. De la ex presidenta de la Junta de Andalucía dice que “es lo más opuesto a la política de podemización y pactos independentistas a la que Sánchez ha llevado al PSOE. Probablemente, representa el último baluarte del PSOE con cabeza capaz de generar mayorías amplias de gobierno, ese PSOE que se está extinguiendo. El gran problema político que tiene España no es Vox, sino que en la izquierda española ha dejado de existir ese partido capaz de generar mayorías integrado en el sistema constitucional y defensor de la unidad de España”.

El gran problema político que tiene España no es Vox, sino que en la izquierda española ha dejado de existir ese partido capaz de generar mayorías integrado en el sistema constitucional y defensor de la unidad de España”

Roca Barea ve que “desde Zapatero, el PSOE se ha podemizado y va camino de la autodestrucción total. En España hay una clase media que quiere ser progresista, pero que no quiere aventuras chavistas, ni locuras secesionistas, y no tiene a quién votar. La tremenda ceguera del PSOE es no darse cuenta de que esa es su mayoría”.

En España hay una clase media que quiere ser progresista, pero que no quiere aventuras chavistas, ni locuras secesionistas, y no tiene a quién votar

En su opinión, “Podemos no tiene mucho más recorrido. Volverán a sus escaños habituales, que son los que ha tenido ese cupo de votantes desde la Transición”, hasta entonces, mayoritariamente, en los partidos que ha sido Izquierda Unida, “pero el problema no es esa izquierda, sino esos cinco millones de votos que están perdidos, porque eran del PSOE y ahora no encuentran su urna. El partido que se lleve esos votos logrará la mayoría. La fragmentación del panorama político español no procede ni de Podemos, ni de Vox, sino de la tragedia del PSOE, que es lo más grave que le ha pasado a España en los últimos 15 años”.

La relación entre el auge del partido de Santiago Abascal y “la crisis moral de la izquierda” era el tema de análisis de la edición española del New York Times del pasado 11 de diciembre. Herzog aporta sus consideraciones sobre el efecto Vox.

Le pregunto: ¿Vox surge por la crisis de la izquierda, o por la crisis de la derecha?

-Por la crisis del sistema. El potencial de Vox es heterogéneo. Detrás de ese partido hay gente cansada de pedir perdón por ser español, como si fuera un pecado a redimir; hay personas cansadas de pedir perdón por ser hombres, por no formar parte de una minoría oprimida… Vox es una rebelión de las mayorías que habrá que ver en qué se concreta. Los partidos tradicionales han ido acumulando lobbies que representan minorías de grupos a los que no critico, pero es evidente que hay una amplia mayoría de gente que se siente olvidada.Herzog

Una izquierda gaseosa

¿Qué ha pasado entre Zapatero y el 28 de abril de 2019 en la izquierda española? Que era sólida, fue líquida y ahora se ha vuelto gaseosa. Llamazares destaca que “el pragmatismo del PSOE no genera confianza, y la retórica excluyente de Unidas Podemos está vaciando de contenido el protagonismo que tuvo la izquierda en la Transición. Si a eso sumamos que ambos defienden una concepción del Estado sin nación, con lo que eso supone de subordinación a los independentistas, entonces entenderemos mejor la dimensión de la enfermedad”.

 ¿Y qué papel tiene en todo esto Izquierda Unida?

-Izquierda Unida tiene un papel más subterráneo y diluido, por no decir “disuelto”. En este mapa ni siquiera representa un papel secundario. En la absorción de Podemos se ha dejado en el camino buena parte de su identidad.

En la historia clínica del paciente “izquierda española”, Llamazares apunta: incapacidad para el diálogo y los acuerdos, políticas de alianzas contradictorias, programas vacíos de ideas, partidos convertidos “prácticamente en comités electores”. Su veredicto: “La izquierda llega a las elecciones generales con el único argumento del miedo a la derecha y a la extrema derecha, pero con un balance propio escaso. Así no se moviliza a los votantes de izquierdas”.

La izquierda llega a las elecciones generales con el único argumento del miedo a la derecha y a la extrema derecha, pero con un balance propio escaso

Herzog atisba otra patología que aleja a las sociedades maduras de esta izquierda: “su famosa superioridad moral, que empieza a resultar cansina para mucha gente. Tanto el PSOE como Podemos sienten una curiosa pulsión controladora de la moralidad privada. Esta izquierda actual me recuerda a los curillas que se pasaban el día diciendo lo que es admisible y lo que no. La izquierda de hoy nos dice, desde arriba, lo que debemos pensar y cómo debemos vivir, con una superioridad que, además, no está basada en ninguna evidencia”.

Líderes mediocres

Rosa Díez es contundente: “Lo que le pasa a la izquierda española es lo mismo que le pasa a la europea, pero subrayado por el bajísimo nivel de sus dirigentes, que han sido incapaces de adaptarse a las transformaciones sociales. La llamada izquierda española -PSOE, Podemos y sus adherencias- pasará a la historia por tener los dirigentes más mediocres, y la mediocridad es muy atrevida… Si a eso unimos que quienes pilotan esos partidos tienen una ambición personal solo superada por su ego… ¿qué podía salir bien”.

La llamada izquierda española -PSOE, Podemos y sus adherencias- pasará a la historia por tener los dirigentes más mediocres

Andrés Herzog añade que “la endogamia” ha lastrado la calidad de los políticos, también entre los representantes de la izquierda. En su opinión, “la infantilización de la sociedad y esta política de consumo son dos factores que nos traen líderes así. De todas formas, los políticos se parecen mucho a la gente que les vota. No son extraterrestres”.

Juan Fernando López Aguilar va de número 15 en las listas del PSOE al Parlamento Europeo. Ha sido diputado autonómico en Canarias y fue candidato socialista a la Presidencia insular en las autonómicas de 2007. Antes fue ministro de Justicia con Zapateroentre 2004 y 2007, y desde 2009 trabaja en Europa con acento canario y español. Jurista, catedrático y autor de muchos libros y artículos, algunos de ellos, sobre este stand by de la socialdemocracia que en la Unión Europea se observa desde hace años en 3D.

Con la libertad y la lealtad institucional que le caracteriza este socialista apasionado, él también considera que esta nueva política de hiperliderazgos es contraria a la realidad de la izquierda social: “Hacen falta menos personajes carismáticos y más reflexiones corales”.Juan Fernando

Una “izquierda amedrentada”

López Aguilar lleva tiempo analizando la crisis de la izquierda y destaca que los partidos que la representan en nuestro país adolecen de valentía y coraje: “Veo una izquierda amedrentada, con miedo a exigir que los ricos paguen más, a combatir el fraude, o a hablar sin tapujos sobre la inmigración, porque la mirada humana al problema de la inmigración debería ser una línea divisoria nítida entre la izquierda y la derecha”.

El socialista canario busca raíces en los discursos contemporáneos, y a veces encuentra helio. Busca “políticas efectivas que dejen clara nuestra pelea por la dignidad del trabajo y los salarios dignos, una defensa con argumentos de la causa ecológica, relanzar el modelo social garantizando la sostenibilidad, y una batalla contra el nacionalismo reaccionario”. Teme que el PSOE permanezca más tiempo en los brazos del populismo “para hacer pasar cualquier mensaje. A eso no podemos hacer concesiones. Nos va la vida en ello. Corremos el riesgo de infantilizar nuestra tradición, nuestro pensamiento, nuestro partido. La nueva política no puede dar por hecho que solo existe Twitter y debe avanzar con luces largas que muestren que somos sólidos, que no demonizamos el diálogo, para recuperar cuanto antes el crédito perdido”.

Corremos el riesgo de infantilizar nuestra tradición, nuestro pensamiento, nuestro partido. La nueva política no puede dar por hecho que solo existe Twitter

Roca Barea: ¿Ve resortes en el PSOE para volver a nacer con peso?

-El proceso de autodestrucción del PSOE lo vimos ya en Cataluña, porque, allí, convirtiéndose en más nacionalistas que los nacionalistas, no han dejado de perder votos hasta casi la extinción, y los que votan nacionalismo no votan al partido descafeinado, sino al pata negra. La conversión del PSOE en aliado constante del independentismo, de Podemos y del secesionismo, genera estos resultados electorales. No ser capaz de reaccionar atrapados en perjuicios mientras pierden las bases que les llevan a los gobiernos es preferir el suicidio, pero es lo que contemplamos ante nuestros ojos. No veo reacciones en el PSOE. Veremos qué sucede en la campaña.

No ser capaz de reaccionar atrapados en perjuicios mientras pierden las bases que les llevan a los gobiernos es preferir el suicidio, pero es lo que contemplamos ante nuestros ojos

Rosa Díez: ¿Qué necesita la izquierda en España?

-No sé lo que necesita la izquierda española. Pero España necesita una izquierda que no haga del guerracivilismo su bandera, una izquierda autónoma de golpistas y pro etarras, una izquierda que vea a la derecha como una alternativa, y no como un enemigo; una izquierda patriótica, democrática y europea. Como cualquier democracia del mundo.

España necesita una izquierda que no haga del guerracivilismo su bandera

Alfonso Guerra, en El Mundo en su primera entrevista a ese medio en 29 años y en plena promoción de su nuevo libro, que todo hay que tenerlo en cuenta:

Le preguntan: ¿Cómo ve usted ahora al PSOE?

-Muy diferente, ha cambiado de una manera impresionante. Dicen que es el nuevo PSOE, yo creo que es otro PSOE (…).

No hay más que releer el discurso de investidura de Felipe González del 30 de noviembre de 1982 para entender que hubo un PSOE de Estado, con sus presuntos crímenes incluidos, pero con una lealtad institucional con la que frivoliza Pedro Sánchez. Sí, aquel discurso en el que González puso en el eje la paz social, la unidad nacional y el progreso, sin sectarismos excluyentes tan de esa sangre nueva que palpita en las Cortes. Aquel discurso en el que dejó en el hemiciclo una sentencia de verdadero talante político con sentido de Estado: “Todos tenemos que pensar en el presente y en el futuro de España, aunque sea de distinta manera; hacer compatibles esas diversas maneras y conjugarlas al servicio de interés común es lo que nos exigen los ciudadanos con su rotunda votación”.2

Un cuadro expresionista

Visto desde la propia izquierda, este es el cuadro: votantes “decepcionados y perplejos”, ambiente de “escasa movilización” ante “una izquierda perdida” y “amedrentada”, “cansada y harta”. Unos partidos “solo pragmáticos” o “solo retóricos”. “Excluyentes” de la amplia mayoría del electorado progresista. “Sometidos al independentismo” sin sonrojos rojos. “Cobardes” para defender sus ideales, con el “único argumento del miedo a la derecha” y manteniendo, además, esa “superioridad moral” entre ridícula y obscena, como queriendo ser el joystick de una sociedad que les mira con descrédito. Podemos, tocando techo. El PSOE: “camino de la autodestrucción”. Izquierda Unida como una fuerza “disuelta”. Líderes “mediocres” que “ni dialogan, ni acuerdan”, demasiado personalistas para tan poco interior en un mundo donde las “reflexiones corales” deberían ser tendencia. Con programas vacíos: sin una idea clara de España para vocearla desde cualquier comunidad autónoma, con un federalismo oscuro como excusa para no mojarse, sin un contrato social claro que defender, con los sindicalistas observando el devenir desde muy lejos, con unas propuestas feministas “paternalistas, contrarias a la liberación y a la emancipación de la mujer” (Andrés Herzog), con un discurso tibio sobre la inmigración, sin una auténtica lucha por la dignidad del trabajo en su columna vertebral…

Más allá de las campañas, ese es el cuadro: una burbuja a la que se lleva años dando vueltas sin coger el bisturí.

¿Soluciones? Si hubiera voluntad política, referentes tiene la izquierda para tomárselas en serio, empezando por una renovación democrática de los partidos -no solo de los de izquierdas-, a la altura del PSOE de Iglesias, de la Izquierda Unida de Julio Anguita, o del Podemos natural del 15-M. A la altura de los intelectuales que pusieron en esas siglas toda su confianza. A la altura de los que hicieron la Transición con los oídos abiertos y los pies en las aceras. Incluso de los que entraron en política con la Transición muy hecha, con ganas, con ilusión, y con ideas. A la altura, también, de esa clase media progresista harta de frivolidades territoriales, ideológicas y personalistas. De esa clase media que no lee el Manual de Resistencia, porque recelan de los estoicos del poder, y tampoco comulga con el Haz que pase, porque no son ciudadanos pasivos y, a veces, sienten vergüenza al votar estas izquierdas travestis, descafeinadas y fatuas.

Diga lo que diga Tezanos, así ven algunos la izquierda española desde dentro y con perspectiva, dejando preguntas retóricas en el aire: ¿España o el PSOE? ¿España o Podemos? ¿Nuestras instituciones o sus partidos? ¿Todos o la casta política? ¿Mi bando o el futuro?

Decía Pablo Iglesias Posse, fundador del PSOE, que “los socialistas no mueren: los socialistas se siembran”. Por extensión a toda la izquierda española, esta crisis brutal de las formas evanescentes sobre los contenidos estructurales requiere un stop. Palpar la tierra. Leer las raíces. Pensar la cosecha. Cautivar a los mejores sembradores.  Y después, si se está en condiciones de aflorar un campo bello, esparcir semillas en un terreno preparado, para que germine de nuevo la rosa, y no estos higochumbos.

 

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