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Julio Anguita ha fallecido este sábado a sus 78 años de edad tras no superar la crisis cardiovascular que le afectaba desde justo hace una semana, el pasado sábado

Julio Anguita ha fallecido este sábado a sus 78 años de edad tras no superar la crisis cardiovascular que le afectaba desde justo hace una semana, el pasado sábado. Entonces era ingresado en el hospital Reina Sofía de Córdoba tras sufrir una parada cardiorespiratoria en su domicilio. Ingresó en una UCI y su estado era grave.

Julio Anguita (Fuengirola, 1941) fue estricto maestro, alcalde de Córdoba entre 1979 1986, coordinador general de Izquierda Unida entre 1989 y 2000, secretario general del Partido Comunista de España por esos mismos años, el Califa Rojo, el entrañable Quijote de los guiñoles y el último gran líder caristmático de la izquierda radical española que siempre fue respetado a diestra y siniestra. Aunque a veces sus posiciones fueran controvertidas y generaran conflicto dentro y fuera de su formación. Fue el político enemigo de politiquerías y el del «programa, programa, programa». La sonrisa se dibuja en muchas caras cuando se articula esta palabra por triplicado. En la suya, en los últimos años, también, ya jubilado, en su casa de Córdoba y con pensión de maestro, no del exparlamentario que fue durante más de una década en el Congreso de los Diputados.

Julio Anguita ha muerto con 78 años de un ataque al corazón, tras haberse visto aquejado por otros dos, en 1993 y 1998, y después de sufrir una operación coronaria que fue lo que le apartó de la primera línea de la política en diciembre de 1999, en vísperas de las elecciones de 2000.

Ante esos comicios, su sucesor coyuntural al frente de la candidatura de Izquierda Unida a la presidencia del Gobierno y quien lo había sido un año antes en la secretaría general del PCE, Francisco Frutos, firmó un pacto preelectoral con el Partido Socialista de Joaquín Almunia para gobernar juntos si así lo permitía la aritmética salida de las urnas. Pudo ser una fulminante enmienda a la totalidad de la estrategia de Anguita de las dos orillas (en una de ellas, se encontrarían el PSOE y el PP, muy similares a sus ojos en sus propuestas -el lema de ‘PPSOE’ del 15-M es muy viejo-, en la otra, Izquierda Unida, la que prometía ser alternativa real de cambio). Otros, a esa estrategia, la bautizaron como «la pinza» al Gobierno de Felipe González, y a Anguita le acusaron de estar en presunta connivencia con José María Aznar, en la primera mitad de los años noventa, para echar a los socialistas de Moncloa.

Las «dos orillas» y «la pinza»

En una entrevista con motivo de la presentación de su libro «Contra la ceguera. Cuarenta años luchando por la utopía», explicaba esa conflictiva relación con el PSOE: «Yo no niego que desde el nacimiento de IU hay dos visiones opuestas, que son heredadas del PCE, en el que hay dos almas y un cuerpo. El cuerpo es único y las almas son las dos que derivan de las diferentes concepciones sobre el papel de la izquierda que nosotros representamos o que queremos representar en relación con el PSOE. Yo creo en una visión política que es bastante de izquierdas consistente en buscar alianzas permanentemente en torno a un programa, no en torno a siglas. En el PCE y en IU hay otra cultura que cree que la unidad de la izquierda es la unidad parlamentaria entre comunistas y socialistas. Para unos, nosotros somos los aliados naturales del PSOE, y otros no nos negamos a pactar con el PSOE, pero con programas, ante notario, que se vayan cumpliendo los compromisos, que se cuantifiquen, que se trasladen a leyes en el Boletín Oficial del Estado».

Aunque Anguita también aprovechaba de vez en cuando para recordar las tentativas de pactos que hubo en los años noventa con los socialistas, como tras las elecciones de 1993, y que se evitaron. Y siempre negaba la teoría de «la pinza» recordando que dijo que no a la propuesta de moción de censura de Aznar contra González y que los votos de IU prácticamente nunca habían coincidido con los de los populares en el Congreso de los Diputados.

Anguita, además, recordaba que fue alcalde de Córdoba en un gobierno de concentración con el resto de fuerzas políticas tras las elecciones de 1979 para el que el pacto fue «muy fácil». Sería en 1983 cuando ganaría la alcaldía por mayoría absoluta. De ahí, daría el salto al Parlamento andaluz. Y de ahí, en 1989, a Madrid, a la Carrera de San Jerónimo y a la Calle Olimpo.

La relación de cercanía de IU a los socialistas que inauguró Frutos como candidato a la presidencia del Gobierno con su pacto con Almunia tendría continuidad con Gaspar Llamazares -que fue quien sustituyó a Anguita en la coordinación general de IU en el otoño de 2000, fecha que marcó su retirada definitiva de la política profesional-, un apoyo relevante (y también minusvalorada influencia) con que contó José Luis Rodríguez Zapatero en sus dos legislaturas, especialmente en la primera.

Los mejores resultados de IU

Con Julio Anguita, Izquierda Unida logró sus mejores resultados electorales: en los comicios de 1989, 1993 y 1996, los tres con su candidatura al frente, el porcentaje del voto a la coalición rondó el 10%, el doble de lo habitual. En número de escaños, su mejor marca la alcanzó en 1996, con 21. Observadores de la izquierda manifiestan que la IU de Julio Anguita fue capaz de recoger el malestar de la histórica huelga general de 1988 y la impugnación a la política del gobierno socialista, no sólo por los escándalos de corrupción, sino también por su gestión económica.

Pero en esos años dulces -teniendo en cuenta la dimensión de los apoyos de los que partía IU y hacia los que fue tendiendo después- también hubo resquemores y rupturas, como la de la corriente que encabezaban Cristina Almeida y Diego López-Garrido, Nueva Izquierda, que acabo integrada en el PSOE en las elecciones del año 2000. Nueva Izquierda surgió como partido político dentro de Izquierda Unida con el giro que se observó en la política de la coalición en dos cuestiones, fundamentalmente: en primer lugar, Europa, porque Anguita y algunos economistas importantes de la formación comenzaron a ser muy críticos con la Unión y, muy en particular, con el Tratado de Maastricht y los prolegómenos del euro, cuestión que tanto el líder comunista como sus admiradores han venido recordando en los últimos años a cuenta de la errática gestión de la crisis de deuda europea; y, en segundo lugar, por el «antisocialismo» que le atribuyeron a la IU de la que Anguita tomaba las riendas en 1989 de la mano del también respetado, aunque más discreto, Gerardo Iglesias.

Expulsó de IU a los integrantes de Nueva Izquierda en 1997

Aunque tras la traumática marcha de Anguita y el golpe de timón de Frutos que después consolidaría Llamazares IU tampoco estuvo exenta de conflictos: así por ejemplo la corriente Espacio Alternativo abandonó la formación en el año 2008 y se constituyó como partido, Izquierda Anticapitalista, que luego terminaría siendo parte integrante de Podemos, con cuya dirección también recientemente ha entrado en conflicto.

Pese a todo, hay quien todavía achaca a la estrategia de Anguita el debilitamiento de la izquierda española. Hace unos años, Diego López Garrido afirmaba: «Era irresponsable plantearse como alternativa con un 10% de los votos». Y le achacaba parte de la responsabilidad de que el PP encadenara dos legislaturas en el Gobierno, entre 1996 y 2004.

Siempre en política

Julio Anguita llevaba fuera de la primera línea de la política dos décadas. Pero nunca se desvinculó de ella. A Anguita seguían acudiendo los jóvenes líderes de la izquierda, como quien va al Oráculo de Delfos. Y también los periodistas cuando cualquier temblor o terremoto sacudía a la izquierda -y en los últimos años han sido varios-. El eterno Califa Rojo continuaba alimentando la discusión pública con artículos y en diversas organizaciones sociales, como el Colectivo Prometeo. Apoyó, a diferencia de diversos cuadros de IU y de antiguos líderes de la coalición, la confluencia con Podemos. «Podemos, IU y Equo son los míos, los tres, incluso simultáneamente», aseguraba en una entrevista. Y, ante el Gobierno de coalición de esos «míos» con el PSOE, se mostraba cauto y a la expectativa de que el «programa, programa, programa» firmado se cumpliera.

En el aspecto humano, tuvo la desgracia, seguramente la mayor que se puede sufrir, tanto que es una situación a la que el idioma no nombra -a diferencia de la situación de huérfano o de viudo-, de perder a un hijo, al periodista Julio Anguita Parrado, mientras cubría la Guerra de Irak. Y sus palabras tras aquella tragedia también, como él, han pasado ya a la historia: «Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen».

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