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Cómo Dalí salvó la pintura moderna

Según el ‘ranking’ elaborado por él mismo, éstos son los cinco mejores artistas:Vermeer, Rafael, Velázquez, Leonardo y Dalí (sí, se coloca muy por delante de Picasso). La exposición ‘Una historia de la pintura’ va más allá del personaje para descubrir al Dalí pintor, al ‘clásico’ que revolucionó el surrealismo. Ylo hace en la plaza magna de Mónaco: los 3.000 metros cuadrados del Grimaldi Forum.

Dalí lo fue todo:impresionista, renacentista, abstracto durante un instante, surrealista, paranoico-crítico, cubista, místico-nuclear… Lo fue todo para ser Dalí, el autoproclamado salvador de la pintura moderna:«Como mi nombre indica, estaba destinado a salvar nada más y nada menos que la Pintura de la vacuidad del arte moderno, y esto en una época de catástrofes, en este universo mecánico y mediocre donde tenemos la angustia y el honor de vivir». Pintura que salvó volviendo al pasado, a los grandes maestros, sobre todo a Vermeer -uno de los pintores que más le obsesionaron- Rafael y Velázquez. Pero sólo por Vermeer, «único entre los únicos», se habría cortado la mano izquierda: sólo por verle pintar durante 10 minutos.

Incluso estableció su particular Tabla comparativa de valores a partir del análisis daliniano elaborado durante 10 años, con parámetros como originalidad, genialidad o composición. Su top five queda así:Vermeer arrasa con 179 puntos (de 180). Rafael, 176. Velázquez, 173. Leonardo, 166 y… Dalí, 148 (sí, también se clasificó a sí mismo, poniéndose por delante de Picasso, al que dejó con 107 puntos). En su ranking pictórico también aparecen sus fobias:suspende a Manet con 37 puntos y a Mondrian lo manda al infierno con un mísero 5.

Y esa mirada daliniana es la base de Una historia de la pintura,una ambiciosa exposición de 3.000 metros cuadrados que se podrá ver hasta el 8 de septiembre en el Grimaldi Forum de Mónaco. Una exposición organizada por la Fundació Gala Salvador Dalí que conmemora los 30 años de la muerte del pintor y que supone una lectura alternativa de la historia del arte, interpretada por el propio Dalí, y que puede resumirse en un cuadro:Elementos enigmáticos en un paisaje (1934), la obra escogida como imagen de la muestra. Aquí aparece Vermeer de espaldas, frente al caballete, pintando un paisaje surrealista de tonos ocres y verdosos, como los de su Vista de Delft -antes que a Dalí, ya había obsesionado a Marcel Proust: aspiraba a que sus frases fuesen como las pinceladas de Vermeer-. En esta escena enigmática aparecen casi todas las obsesiones iconográficas de Dalí:cinco cipreses, una torre, un pueblo lejano que podría ser cualquiera del Empordà, unas figuras espectrales y un niño vestido de marinero, sosteniendo un hueso y un arco.Ese niño es Dalí. Y Vermeer lo pinta en su paisaje primordial, como si legitimara a un nuevo sucesor.

«Dalí pinta como un Leonardo menor y escribe como un ángel caído», escribió Dalí sobre sí mismo en su gaceta Dalí News (publicada el 20 de noviembre de 1945 en el vernissage de su expo en La Bignou Gallery de Nueva York). Y ese Dalí como unLeonardo menor o un Vermeer menor es el cicerone y objeto de Una historia de la pintura. «Se trata de prescindir del Dalí personaje, que ya es muy conocido, y de centrarse en el pintor, en su relación con la historia del arte, con los maestros del pasado y con sus contemporáneos. Volver al Dalí esencial, en definitiva», explica la directora de los museos Dalí, Montse Aguer. Y para profundizar en el Dalí pintor, la exposición parte del paisaje de Portlligat, con una construcción metafórica del taller ideal que imaginó Dalí, con sus pinceles y su paleta, con el Mediterráneo del Cap de Creus rodeandoal visitante. «Vuestro atelier debe estar situado en un lugar cercano al de vuestro nacimiento y, si debéis ser un buen pintor, este lugar debe ser admirable desde el punto de vista de la naturaleza, la elección del paisaje del que decidiréis enamoraros os será relativamente fácil». Habla el propio Dalí (y piensa en Portlligat) en 50 secretos mágicos para pintar, su tratado artístico, que publicó en su etapa americana -en 1948- y que escribió mientras pintaba Léda Atómica, una apoteosis de lo clásico, de la divina proporción de Luca Paccioli, un espacio-suspendidocon Gala cual madonna surrealista en un mar enmarcado entre las rocas del Cabo Norfeu, situado entre Roses y Cadaqués.

Aunque el Léda Atómica se ha quedado en el Teatre Museu de Figueres, sí se han prestado algunos cuadros fundamentales como Violetas imperiales (1938), que Dalí pintó en La Pausa, la villa de Coco Chanel en Roquebrune-Cap-Martin, en plena Guerra Civil. El Museo Reina Sofía también cede algunas obras imprescindiblesLa memoria de la mujer-niña (1929) -que Manuel Borja-Villel definía como un Guernikita el día de la inauguración-, el Ángelus arquitectónico de Millet (1933) o La velocidad máxima de la Madona de Rafael (1954). Esta última se confronta al Autorretrato con cuello rafaelesco (1921) y a la fascinante Alucinación rafaelesca (1979): un tríptico que da idea de cómo Dalí vuelve a sus maestros, cómo los reinterpreta una y otra vez en diferentes épocas.

«Alucinación rafaelesca es una obra muy misteriosa, que pintó expresamente para su gran exposición en el Pompidou de París. Hay que mirarla atentamente para descubrir los detalles que a primera vista pasan desapercibidos:allí el pueblo de Púbol, los corderos, un lago… Y en el cielo están todos los momentos climatológicos:el sol, el atardecer, la tormenta…», señala Montse Aguer frente al críptico lienzo apaisado, de casi 2,5 metros, en el que poco a poco se va desvelando toda la mitología daliniana.

Tras Rafael, Dalí se mide a Velázquez, a Picasso, a Leonardo… «Sí, Dalí se considera sucesor de todos ellos. En su última época regresó sobre todo a Velázquez y Miguel Ángel. Pero también se revisitó a sí mismo, con variaciones de sus propias obras y temas», apunta Aguer. Pero, en el camino -que seguimos a través de las 128 obras de la exposición- Dalí también será el más moderno, el que epatará en Nueva York con sus happenings surrealistas (y el Sueño de Venus), el que se zambullirá en el pop, el que fichará a un jovencísimo Óscar Tusquets para que proyecte la icónica sala Mae West de su museo, el que experimentará con la estereoscopía…

El final de la muestra no podía ser de otro modo: Vermeer y La carreta fantasma (1929). Un pequeño paisaje de tintes vermeerianos en el que el conductor del carro (la tartana con la que Dalí viajaba de Figueres a Cadaqués) es a la vez el campanario del pueblo que se difumina en el horizonte. Realidad y sueño se confunden en esta llanura surrealista, similar a aquella en la que Vermeer pintaba al niño que luego sería Dalí. El niño que salvaría la Pintura.

DE ’50 SECRETOS PARA PINTAR’

«Las dos cosas más afortunadas que pueden haberle acaecido a un pintor son, primero, ser español, y segundo, llamarse Dalí»
«Si tú eres uno de esos que creen que el arte moderno ha superado a Vermeer y a Rafael, no leas este libro, precisamente porque te encuentras muy a gusto en tu bendita estupidez»
«Salvador, como su propio nombre indica, está destinado, nada menos que a rescatar a la pintura de la vacuidad del arte moderno»
«Van Gogh estaba loco, e incondicionalmente, generosa y gratuitamente, se cortó la oreja izquierda con la hoja de una navaja de afeitar. Yo no soy loco, pero a pesar de ello sería capaz de dejarme cortar la mano izquierda (….) bajo la condición de que pudiera observar durante diez minutos a Vermeer de Delft sentado ante su caballete cuando se hallaba pintando»

«El verdadero pintor es el que es capaz de pintar escenas extraordinarias en medio de un desierto vacío»
«No te asuste la perfección: ¡Nunca la alcanzarás!»
Secreto nº4,la dieta del pintor:«tres docenas de erizos de mar, cogidos en uno de los últimos días que preceden a la luna llena», acompañadas de habas ‘a la catalana’, «el plato más valioso de los dioses antiguos y enteramente homérico»

Informa Erik Encinas.

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