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«Articulo de Opinión» Lo que mi madre me enseñó de la crisis

Por Juan Carlos Perez

Seguramente la gente esté obnubilada con las restricciones y las vacunas. Por más candente que está, eso terminará pasando. Como el propio virus, que existe y sigue entre nosotros, aunque no podamos verlo.

No es cuestión de tener fe, sino confianza, en los profesionales, que están ahí para el bien del común, de la comunidad, de la que, por cierto, son parte, no segregada, sino integrada. Y ese era el meollo de los famosos aplausos, porque, en el fondo, al aplaudir a los sanitarios, nos estábamos aplaudiendo a nosotros mismos, al hacer posible el no colapso de los centros sanitarios con una conducta serena que aliviara el que se previniera llevar gente a urgencias, y de ahí a las UCI y de ahí, tristemente, a la morgue. Pero vallamos más allá, a las costuras del sistema. Porque cuando se quiere buscar culpables, se encuentran. Y fácil. ¿Quien? Pues evidentemente, los políticos.

Cuando hay rabia, y se lanza en todas direcciones, tal vez con valor terapéutico, de quedarse más serenos, echando bilis y, si, odio, por la boca, a los denominados políticos, se usa la vía fácil a la conciliación con uno mismo. Porque no se bajan el sueldo. Porque no se fustigan. Porque no van de rodillas pidiendo perdón a la virgen patrona más cercana. O lo que se nos ocurra. Siempre olvidando que son electos y son reflejo de la sociedad de la que surgen. Lo que está socialmente aceptado como bueno es la base de la conducta de nuestros representantes, y no al revés. Pero eso se olvida. Como cuando se dice alegremente que se prefiere una dictadura, mucho mejor que cualquier democracia, única y exclusivamente por la existencia del órden público. Pero eso se estampa contra la pared de señalar el hecho de que si las calles están tranquilas, en general, suele ser porque los criminales pata negra están en las fuerzas de choque y en la dirección de esa dictadura. Porque sin más aditivos, una dictadura es corrupción. Y luego, además, roban. Pero es un error mirar a los políticos. No por nada, sino porque son pocos, y su situación es mínima respecto a un beneficio potencial. Siguiendo la lógica de mi madre, vayamos siempre un paso más allá. Lo amerita las circunstancias. ¡Al abordaje!

Un concejal de mi pueblo, cuyo nombre y formación política prefiero olvidar, no por nada, simplemente por no poner prejuicios, decía que levantar la persiana municipal cada día se llevaba, ay mi memoria, sobre un 80% del presupuesto. Si quitamos los políticos, que hemos elegido, y su contrato laboral está limitado por mandatos, se evidencia que quien más chupa del bote y la piragua son los funcionarios. Ahí está el magro objetivo para el desplome del gasto político en nuestro país. Y por nuestro, ponga el suyo. Todos son iguales. ¿O no? Y no seamos tan drásticos de hacerlo de un día a otro, pero siempre hay margen para la interpretación de las normas para poder acometer el despido procedente de todos y cada uno de los funcionarios existentes. Todos a la calle. Fuera. Despedidos. O Jubilados, claro. Y que, como mi egregia madre me sugiere, con su candoroso amor a la labor del voluntariado, que estas tareas hasta ahora encomendadas a funcionarios, las hagan voluntarios. Y es que … ¿Como confiar en esa gente que únicamente superó un examen una vez, y aparentemente el resto de su vida está ligada a ese empleo sin posibilidad de ser expulsados? ¿En que otro trabajo pasa eso? Es un privilegio intolerable que debe ser erradicado, sobre todo, porque es donde se va casi todo el presupuesto público, de todas las instituciones. Y si a esto le seguimos la enajenación, expurgación o venta de los locales y sedes donde las instituciones se hacen presentes, el beneficio se deriva, posiblemente, en una importante bajada de los impuestos a pagar todos los años, porque no habrá esos mórbidos gastos que ejecutar. Y cada cual podrá ser libre de gastar su dinero libremente, sin la carga de esos malvados, malditos y odiosos políticos. Pero, claro, llevando el asunto hasta sus últimas consecuencias, como debe ser.

Ya, por otro lado, mejor no nos metamos, porque mi progenitora femenina es de las de que la cojan en coche en la puerta de su casa, la dejen en el lugar de destino, y luego vuelta. Por ello le sobran autobuses, trenes y tranvías. Todos esos transportes públicos, que con la excusa del covid redobla sus esfuerzos por poner en entredicho y negarse a usar. Ah, esos años de los 70 y 80, en los que la contaminación suministraba un glorioso color gris a la atmósfera y marrón chocolate a nuestros ríos. Que gloria de la memoria de la juventud, cuando se tenía que ir en coche al trabajo. Con sus atascos y colas. Maravilloso. Esos políticos, con su mierda de transporte público, queriendo meternos el virus a como dé lugar. Liquidemos esos transportes públicos y … ah, que igual no comparte esos sedujentes sueños húmedos de mi madre. Entiendo. Pues nada, dejemos el asunto únicamente en despedir a todos los funcionarios, y vender locales y sedes. Y que de todo eso se ocupen voluntarios, y gente que ceda lugares para operar todo eso. Sin un sólo euro de dinero público. Un funcionario fue cazado por su alcalde en horario de trabajo en una cafetería lejos de su lugar de trabajo. Y cuando le quiso echar la bronca merecida, el funcionario le dijo al alcalde que el estaría cuatro años, y ya había consumido dos. Y que el seguiría en su puesto cuando el político se fuera. Vamos, que se la sacó en su cara, con plena consciencia de su inmunidad e impunidad. ¿O es que no es su deseo llegar hasta la últimas consecuencias cuando ataca a los políticos? ¿Es que es sólo la rabia expresada en el momento sin pensar en las consecuencias?

Reflexionemos. Pensar es difícil. Porque lo debe hacer cada uno en su conciencia. Cuando se ataca sin ton ni son, y sin razón (dejando de lado la transparencia o el mandato imperativo) a los políticos, esto tiene consecuencias. Y hay que pensar que la Política y las Instituciones son la garantía de los que no tienen poder. Porque, como me dijo un decano que tuve, el señor feudal que tenía el poder y además era campechano, tenía doble poder. Primero porque lo tenía atribuido, y encima, no necesitaba hacer ostentación de ello, porque además, era aceptado por su campechanía por sus súbditos agradecidos. Ahora somos ciudadanos, con derechos y obligaciones. Con seguridad jurídica. Los ricos y poderosos no necesitan de la política y las instituciones para hacerse presentes. Tienen poder por otros medios. Es lo de todos, lo del común, lo que nos fortalece a los demás, al pueblo, para poder equilibrar en un nos que somos más que vos … y es que cuando se dice eso tan manido de todos son iguales, se está cayendo en la trampa de los que se sienten cómodos dentro de ese esquema. Porque se encuentran fuera de ese circuito, y no al lado o por debajo, sino por encima. Y a los que, sin límites, ni transparencia ni control, viven mucho mejor. Seamos conscientes de todo. Y ante eso, mi respuesta, es más y mejor política. Democracia de mayor calidad. Y, ante todo y sobre todo, respeto a nuestros electos y representantes de lo público. Al criminal, código penal. Pero la presunción de inocencia y de decencia debe estar implícita en esta culminación de un pacto social, de concordia, donde la estabilidad social pasa por el reconocimiento de quien se lo merece. Y tener claro que con o sin políticos, el liderazgo, como en otros tiempos, como en toda sociedad organizada, será presente. La única diferencia es que no los habrá elegido nadie. Bueno, pues como los funcionarios, pero no abundemos en eso. Piense en ello. A fin de cuentas, cuando un bosque se quema, algo suyo se quema. Señor Conde.

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